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Miércoles 05/05/2021

Curioso Empedernido

Los recuerdos de Leocadio

Tenía fama de coherente con sus ideas y valores, leal con sus amigos y convincente con sus palabras

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  • Juan Antonio Palacios.

Tenía fama de coherente con sus ideas y valores, leal con sus amigos y convincente con sus palabras. A sus 54 años, entre algunas canas y arrugas, recordaba haber mentido muy pocas veces.

Era una persona de palabra y con palabra 

Se sumergía con ardor en todo lo que emprendía. Su escucha de los demás y su apertura al mundo le hacían una persona interesada e interesante. Su curiosidad permanente, su respeto hacia todo lo que decían y hacían los demás, lo situaban en una posición única y admirable.

Aquella tarde se había sentado ante la página en blanco del ordenador, dispuesto a contar algo de lo que le había ocurrido el día anterior, y en esa búsqueda recordó que se había encontrado con su buen amigo Romualdo.,compañeros de banca en el Colegio, cuando apenas tenían 8 años.

En el Colegio como más tarde lo fueron en el Instituto y la Universidad resultaban unos amigos   inseparables. Estando cursando segundo de Derecho en la Complutense de la capital del Reino, sus caminos tomaron diferentes direcciones al terminar el Curso.

Al padre de Leocadio , que era funcionario de la Dirección General de Tráfico, lo destinaron a Sevilla, y esto hizo que la familia se reagrupara, alrededor del mismo, con lo que el amigo de Leocadio cambió su matrícula a la Universidad hispalense y dejaron de tener contacto.

Como bien dice el refrán “Ojos que no ven corazones que no sienten”. Entonces no existían los móviles, primero fueron algunas cartas y llamadas y después se hizo el silencio de la distancia entre Leocadio y Romualdo,con esos más de 530 km que les separaban.

Terminaron sus carreras y mientras Leocadio montó con otros compañeros y compañeras su bufete de abogado laboralista, su amigoRomualdo se preparó las oposiciones a la Judicatura y en el segundo intento, a pesar de la dificultad,  era ya Juez de Primera Instancia en Algeciras que era la tierra natal de ambos amigos, en la que habían aprendido a andar y hablar y en la que recorrieron juntos sus caminos hasta que de adolescentes se marcharon a la Universidad.

Un día Romualdo., charlando con Ricardo, otro amigo de los años colegiales y de Instituto, comenzaron a recordar los nombres y aventuras de aquellos compañeros y surgió el nombre de Leocadio, con el que había perdido todo contacto, y notenía ni signos ni señas para reestablecer comunicación alguna.

Leocadio conservaba en Algeciras un tío materno, Eufrasio, hombre de 84 años que había enviudado hacía tan solo tres de su mujer Catalina, pero que seguía siendo una persona con un alto nivel   de sociabilidad y una predisposición a ser útil a los demás, y un día coincidió en el Casino con Ricardo, al que recordaba levemente de verlo en ocasiones con su sobrino Leocadio.

Ricardo sin pensárselo dos veces, le preguntó por Leocadio y en un gesto de atrevimiento se hizo con el número del móvil, y ya supo que había montado con otros abogados un bufete laboralista, que en pocos años había adquirido un buen prestigio en Sevilla.

No tardó Ricardo más de una semana en ir a ver a Romualdo a su despacho del Juzgado y le proporcionó el número de móvil de Leocadio. Sería solo una formalidad o habría abierto la puerta para un reencuentro entre dos amigos.

Lo cierto es que al día siguiente el Juez Romualdo llamó por teléfono a Leocadio y quedaron en una semana en Algeciras, y se abrazaron y recordaron juntos ese paréntesis, en el que no habían olvidado su amistad.
          

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