Están tocando las campanas del campanario. La celebración va a comenzar. Son las ocho en punto de la tarde. Don Antonio no tiene costumbre de comenzar tarde el rito: considerando el momento presente, rara avis... El hábito, perfectamente cuidado, engrandece su presencia en la escena sacrificial. Para serlo, al menos, hay que parecerlo, y a nuestro protagonista le enorgullece saberse sacerdote. Cuida la forma; le enamoran las casullas anacrónicas, cargadas de oro, bordadas con motivos alegóricos; sabe, humildemente, que es presencia de Cristo, más aún en el momento de la eucaristía, y lo enaltece sin excusas.
Desde la procesión de entrada, su rigor es absoluto: sus movimientos lentos, armónicos, rectos acompañan su carácter reposado y elegante. Su cuidado de la liturgia no atiende a descuido: de principio a fin, contemplar su proceder sobre el altar es un deleite. Todo tiene importancia, todo es sublime, todo es deífico en él. Su vocación sacerdotal vive en una constante primavera. El paso del tiempo no ha estropeado su camino de perfección, y, lejos de acomodarse en su labor de predicar el Evangelio, sus cálidas palabras demuestran la riqueza interior de quien vive apartado del mundanal ruido. Le gusta leer, le seduce escribir y su vida es una constante dedicación al Padre; en la oración se sostiene firme.
Se muestra agradecido a Dios por otorgarle una nueva oportunidad de vivir. Sabe que la muerte ha llamado tenazmente a su puerta, pero, por la voluntad de Dios, entiende que aún no era su hora. Lejos de causarle aflicción aquellos meses de incertidumbre, su espíritu se ha elevado tan alto, tan alto… que parece haberle dado a la caza alcance. No le gusta hacer bromas en misa, ni aminorar la eucaristía con palabras vanas. Quizás el único atisbo de soberbia que le he escuchado ha sido el de presumir de no haber mirado nunca el reloj en una celebración: ese tiempo / que otros dejan abandonado / porque les sobra o ya no saben / qué hacer con él.
La celebración nos ha dejado mudanza en el alma. Después de contemplar un acto prodigioso, la asamblea no termina de abandonar el lugar sagrado. Tras el sacrificio del Cordero, suele ser fotografiado y abraza a los fieles. No hay petulancia en el gesto; el pueblo lo busca y él lo permite tras sentirse renacido. Así se evangeliza, don Antonio, con la Palabra de Dios en el corazón que usted muestra en los atardeceres expirantes de la vida.